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Libros en el ciberspacio
¿Por qué no crear una biblioteca nacional en línea? Los resultados podrían ser buenos para todos



Por David Rothman (dr@teleread.org)
© U.S. News & World Report
Este artículo publicado el 4 de mayo de 1998 se reproduce con autorización de los editores
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Las computadoras simplemente no sirven para leer en la playa o en el baño. Pero imagínese una computadora con forma de libro verdadero, incluyendo páginas que uno pueda hojear, cada una con "tipos" programables que puedan reproducir cualquier cosa desde un texto de trigonometría hasta El Gran Gatsby. Los especialistas del Massachusetts Institute of Technology (Instituto Tecnológico de Massachusetts) produjeron recientemente un prototipo primitivo de un aparato que tiene probabilidades de hacer exactamente esto en los próximos cinco años.

Ya era hora. A pesar de Amazon.com, el Internet ya está drenando el dinero y tiempo de algunas personas que de lo contrario comprarían libros. ¿Pero qué tal si el aparatito del MIT y el Internet pudieran ayudar a elevar los niveles literarios y educativos y ayudarles a las editoriales y a los escritores de pasada? Una biblioteca nacional en línea podría ofrecer atractivos libros gratuitos de editores particulares y recompensar adecuadamente a los poseedores de los derechos de autor. Actualmente, las bibliotecas públicas obtienen a duras penas $3 dólares per cápita por los libros. Los escritores ganan tal vez de cinco a seis mil millones de dólares anuales por concepto de regalías en Estados Unidos, menos de un tercio de la cantidad que ganó Bill Gates en el período de 12 meses que terminó el verano pasado.

Para evitar el proteccionismo. Con esto no quiero decir que Washington debería copiar a la antigua burocracia soviética y otorgarles concesiones a los que gocen de favoritismo político. En lugar de eso, un fondo para la biblioteca nacional apoyado con impuestos podría pagarles a los escritores o a las editoriales dependiendo de la popularidad de sus títulos. Los que fueran rechazados podrían pagarle al fondo por incluir sus libros, apostándole a la recuperación de su inversión. Más aún, los bibliotecarios de todo el país podrían ayudar a administrar esta biblioteca virtual para evitar el dominio proteccionista del gobierno federal. El financiamiento podría ser privado y público. Gente como Bill Gates, quien ha invertido sólo como medio punto porcentual de su fortuna de 50 mil millones de dólares en las bibliotecas, podría aprovechar la oportunidad de volverse un Carnegie con todas las de la ley.

TeleRead (TeleLectura), como podría llamársele a esta biblioteca, podría basarse en los esfuerzos existentes y enriquecer el Internet con otro material además de libros, como software educativo por ejemplo. Pero por favor no descuidemos los libros, la mejor forma de promover el pensamiento sostenido. Y los libros en TeleRead no deberían limitarse a los niños, también deberíamos animar a sus principales modelos a seguir: sus padres.

Además de proporcionar una verdadera biblioteca en línea, TeleRead podría por medio de directrices o donaciones gubernamentales motivar a las escuelas y a las bibliotecas a comprar computadoras amigables para los libros. Estas maquinitas podrían ser como tablillas con pantallas de alta nitidez y podrían incluir plumas que nos permitieran escoger capítulos, navegar en la Red o escribir correo electrónico. Las páginas que se pueden hojear del modelo del MIT las volverían más atractivas para los TeleLectores, así como las palabras adecuadas en voz de Al Gore o de Newt Gingrich. Más aún, el mercado de las escuelas podría aguzar el interés de Silicon Valley y cultivar el mercado del menudeo; con el tiempo, los padres podrían comprar TeleLectoras en K-mart por menos de 75 dólares.

Con plumas electrónicas y un buen reconocimiento de la escritura manuscrita, las TeleLectoras también dominarían las formas electrónicas y nos permitirían tener relaciones más eficientes con el IRS y con el mundo corporativo. Un banco puede ahorrar hasta 90 por ciento en una transacción efectuada en Internet en lugar de en una sucursal local. En nuestra economía de siete billones de dólares, la popularización de las formas electrónicas podría mover indirectamente miles de millones de dólares de papeleo y dirigirlos hacia los libros.

En pocas palabras, los libros y los bytes no necesitan pelear entre sí. Con maravillas como el aparato de MIT en camino, podemos disfrutar de libros reales en el ciberespacio.

David H. Rothman (dr@teleread.org / www.teleread.org) es autor de NetWorld! (Prima, 1996).

Gracias a Mónica de León de Infiniti Consultores por la traducción.